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El Penitente de la otra Vida
(Leyenda de Semana Santa)
por Ernesto J. Castillero

Por muchos años en los pueblos del interior han corrido una infinidad de leyendas y consejas sobre aparecidos y fantásticos sucesos, producto de la imaginación popular, de la ignorancia o de la superstición. Aparecimientos del perro prieto el día de Corpus; la conversión en pescado de la gente que se bañaba el Viernes Santo, la mula enfrenada que atravesaba el pueblo en las noches invernales; el padre sin cabeza que salía por los oscuros callejones; la procesión de ánimas con luces encendidas en el lluvioso noviembre, y si era sorprendida por algún curioso, éste recibía una vela que en la mañana se convertía en una canilla de muerto; la tulivieja filicida que en las quebradas lloraba buscando a su hijito muerto; la silampa madrugadora; las brujas que chupaban el ombligo de las criaturas no bautizadas; los rubios duendes que atraían a los niños al monte ofreciéndoles confites, el hórrido chivato, que era encarnación del demonio, etc. Un recuento completo de estas supersticiones sería largo de anotar. Casi todas eran comunes a todos los pueblos, y lo peor era que se creían a pie juntillas por el público y cada quien contaba un suceso extraordinario de "abusiones" o fantasmas para reforzar la absurda creencia. Tantas supercherías eran transmitidas de generación en generación. Los muchachos las escuchábamos de los viejos y desde pequeñitos amoldábamos nuestra mentalidad a la estúpida tradición, y aparecidos, infundidos por los mayores.

Afortunadamente, la educación por un lado y la luz eléctrica por el otro, han ahuyentado los atemorizadores fantasmas de los pueblos, alumbrando las oscuras calles, moradas de espantos, ésta y la mentalidad de las gentes incrédulas ya de tales mentiras, aquélla.

Yo viví en la angustiosa época de los espantos y brujerías, que tenían sobrecogido mi ánimo de manera que de muchacho apenas si me atrevía a salir de la oscura calle de mi pueblo de noche, si no iba acompañado de otras personas, quizás tan poseídas del mismo miedo que yo. En tal situación espiritual se comprenderá con cuanta convicción creí yo mismo una de las leyendas más extraordinarias sobre la existencia del penitente de la otra vida, que se aseguraba aparecía alguna vez el viernes santo como concurrente a la procesión, detrás del sepulcro.

Al referirme al penitente, no aludo a cualquiera de los numerosos devotos que cumplían mandas por algún milagro real o imaginario con que habían sido favorecidos. Porque en las procesiones del Viernes Santo los había de distintas clases: desde el sencillo hábito de tela de listado y la inofensiva corona de espinas, más aparente que efectiva en su martirio, hasta las pesadas cruces, el andar de rodillas toda la procesión, los cilicios crueles y, sobre todo, el bárbaro calvario que requería para soportarlo una constitución vigorosa y una voluntad férrea, amén de una fe de fanático, única capaz de sostener el ánimo de aquellos cristianos en medio del dolor y el desfallecimiento que la penitencia infligía.

Los calvarios, eran unos artefactos extraños y pesados, formados de muchas crucecitas de madera superpuestas, que se llevaban sobre los hombros para atar a su borde los brazos del penitente. En esta posición permanecía éste horas enteras marchando muy despacio, en filas que a veces pasaban de treinta penitentes, detrás del sepulcro.

Abrumadora era esta penitencia y se necesitaba, una energía física excepcional y un espíritu muy templado por el fanatismo para resistir el dolor y la fatiga de la lenta procesión bajo el peso del mortificante artefacto. Cada penitente acostumbraba hacerse acompañar de un cuidador que le atendía en caso de desmayo en el curso de la penosa marcha tras el sepulcro del Señor, cosa que acaecía a veces.

Volviendo al "penitente de la otra vida", decíase que era un misterioso personaje que haciendo su aparición cuando la procesión de Viernes Santo estaba en marcha, acompañaba al sepulcro en el último lugar de la fila, no llevando asistente o cuidador que le pudiese socorrer en caso de accidente, y cuando él anda entraba a la iglesia, en lugar de hacerlo también como los demás para efectuar la ofrenda reglamentaria, se desviaba tomando el camino del cementerio, entre cuyas sombras se perdía tan misteriosamente como había aparecido. Los ancianos afirmaban que ese penitente era indiscutiblemente una ánima en pena de algún individuo que había muerto debiendo una manda, y a quien Dios le permitía volver a este mundo para que saldara su cuenta concurriendo a la precesión del Viernes Santo con su calvario, sin cuyo cumplimiento no tenía derecho a gozar del eterno descanso. Los campesinos creían ciegamente esta versión extravagante, y para ellos no había preocupación mayor que la muerte les sorprendiese teniendo pendiente una manda de calvario, pues temían que mantuviesen sus almas ausentes de la gloria hasta que Dios les permitiese volver a la Tierra a cumplir dicha manda.

Era yo mocito y con la temeridad que proporcionaba la edad en que se forjan y arremeten las más fantásticas aventuras juveniles, cuando me propuse, si la ocasión se me presentaba, descubrir el incógnito del "penitente de la otra vida" y desentrañar la verdad del personaje. Y la casualidad quiso favorecerme un año haciéndome ver con mis propios ojos al legendario personaje que deseaba tanto conocer.

Ardía el país por entonces en la guerra civil, larga y ruinosa para vida y haciendas, que azotaba la patria. La Semana Santa aquella no había tenido la lucidez característica por la desconfianza de los campesinos de venir al pueblo, sospechosos que pudiera haber alguno de los acostumbrados reclutamientos de hombres para el ejército. Sin embargo, unos pocos, menos desconfiados, se atrevieron a hacer acto de presencia en la procesión del Viernes Santo y el numero de penitentes, aunque reducido en comparación con otros años, fue regular.

En marcha la procesión, un penitente solitario, como la tradición lo indicaba, se unió en último término a la fila de los calvarios. La noticia corrió entre la multitud y todos nos volvimos Argos para vigilarlo. No cabía duda, era el "penitente de la otra vida". Hasta esta noche, me dije, el enigma encubrirá al desconocido individuo que tenía asustada a las gentes del pueblo. Me asocié con unos amigos de la misma edad para perseguir al penitente hasta saber quién era. Varios señores por prudencia y unas cuantas mujeres por temor, sabedores de nuestro intento, trataron de hacernos disuadir de la empresa. Había que respetar el misterio.

Cuando la procesión comenzó a entrar en la iglesia, al filo de la media noche, llegó el momento deseado. Todos los penitentes fueron penetrando en el sagrado recinto, cuando el que era objeto de nuestra vigilancia se separó de la fila y rápido cuanto le permitía el peso de su gran calvario y el entumecimiento de sus miembros, tomó la dirección del cementerio. Las gentes que estaban aglomeradas alrededor de la iglesia le abrieron paso respetuosas y atemorizadas. Avanzó tambaleándose hacia las sombras del campo e inmediatamente su figura extraña se fue desdibujando en la oscuridad de la noche. De los que formábamos el grupo para seguirlo, pocos adelantaron unos pasos más allá del lindero del pueblo, devolviéndose sobrecogidos del pavor. Dos o tres solamente nos fuimos hasta cerca de las tapias del panteón. Allí percibimos de nuevo la silueta del penitente al entrar por la puerta y le vimos perderse entre las sepulturas. Casi inmediatamente oímos un quejido seguido de murmullos quedos de voces que nos parecieron de ultratumba. No resistimos la tensión de nuestros nervios y arrancamos a huir en carrera desenfrenada hacia el pueblo, donde llegamos jadeantes y sin habla, con el susto más grande que en nuestra vida habíamos cogido. Por supuesto que lejos de desvanecer, como pretendíamos, la creencia en el "penitente de la otra vida", con el desairado episodio de esa memorable noche lo que hicimos fue confirmarla.

Los años pasaron. Las semanas sucedieron y el "penitente de la otra vida" no volvió a aparecer. Cada Viernes Santo las gentes le buscaron tras el andar del Señor muerto inútilmente, hasta que vino la prohibición de los calvarios y entonces sí no hubo más penitentes, ni vivos, ni muertos.

Un día, muchos años después de aquel incidente juvenil, conversaba yo con un viejo montañés que fue muy amigo de mis padres y a quien yo admiraba por la fama de su valentía desde los tiempos del renombrado "tamarindo", que era el campo de combate al arma blanca de los valientes del pueblo, donde los espadachines se hacían de renombre nacional. La cara de mi interlocutor estaba llena de cicatrices y se decía que sus contendores guardaron de él más trágicos recuerdos, pues dos de ellos habían muerto bajo el fijo de su espada toledana de cruz en tanto que otros llevaron lisiaduras de machetazos cuyas huellas conservaba en su cuerpo y en su rostro. Para eludir la acción de la justicia por los homicidios perpetrados en sus contendores, a quien había matado, sin embargo, en buena lid y cara a cara, había tenido que buscar refugio en lo más intrincado de las montañas de Quebro, donde permaneció muchos años, no saliendo al poblado sino cuando la pena había prescrito.

Sólo una vez, me contó, tuve que bajar al pueblo para una Semana Santa. Por cierto que unos muchachos me hicieron pasar un gran susto.

Unos muchachos asustarlo a usted, le observé a quien ningún hombre espada en mano le hizo dar un paso atrás.

Cuando la procesión comenzó a entrar en la iglesia, al filo de la media noche, llegó el momento deseado. Todos los penitentes fueron penetrando en el sagrado recinto, cuando el que era objeto de nuestra vigilancia se separó de la fila y rápido cuanto le permitía el peso de su gran calvario y el entumecimiento de sus miembros, tomó la dirección del cementerio. Las gentes que estaban aglomeradas alrededor de la iglesia le abrieron paso respetuosas y atemorizadas. Avanzó tambaleándose hacia las sombras del campo e inmediatamente su figura extraña se fue desdibujando en la oscuridad de la noche. De los que formábamos el grupo para seguirlo, pocos adelantaron unos pasos más allá del lindero del pueblo, devolviéndose sobrecogidos del pavor. Dos o tres solamente nos fuimos hasta cerca de las tapias del panteón. Allí percibimos de nuevo la silueta del penitente al entrar por la puerta y le vimos perderse entre las sepulturas. Casi inmediatamente oímos un quejido seguido de murmullos quedos de voces que nos parecieron de ultratumba. No resistimos la tensión de nuestros nervios y arrancamos a huir en carrera desenfrenada hacia el pueblo, donde llegamos jadeantes y sin habla, con el susto más grande que en nuestra vida habíamos cogido. Por supuesto que lejos de desvanecer, como pretendíamos, la creencia en el "penitente de la otra vida", con el desairado episodio de esa memorable noche lo que hicimos fue confirmarla.

Los años pasaron. Las semanas sucedieron y el "penitente de la otra vida" no volvió a aparecer. Cada Viernes Santo las gentes le buscaron tras el andar del Señor muerto inútilmente, hasta que vino la prohibición de los calvarios y entonces sí no hubo más penitentes, ni vivos, ni muertos.

Un día, muchos años después de aquel incidente juvenil, conversaba yo con un viejo montañés que fue muy amigo de mis padres y a quien yo admiraba por la fama de su valentía desde los tiempos del renombrado "tamarindo", que era el campo de combate al arma blanca de los valientes del pueblo, donde los espadachines se hacían de renombre nacional. La cara de mi interlocutor estaba llena de cicatrices y se decía que sus contendores guardaron de él más trágicos recuerdos, pues dos de ellos habían muerto bajo el fijo de su espada toledana de cruz en tanto que otros llevaron lisiaduras de machetazos cuyas huellas conservaba en su cuerpo y en su rostro. Para eludir la acción de la justicia por los homicidios perpetrados en sus contendores, a quien había matado, sin embargo, en buena lid y cara a cara, había tenido que buscar refugio en lo más intrincado de las montañas de Quebro, donde permaneció muchos años, no saliendo al poblado sino cuando la pena había prescrito.

Sólo una vez, me contó, tuve que bajar al pueblo para una Semana Santa. Por cierto que unos muchachos me hicieron pasar un gran susto.

Unos muchachos asustarlo a usted, le observé a quien ningún hombre espada en mano le hizo dar un paso atrás.

 

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